El Misti sin nombre

Enero 15, 2010 por diarioenbicicleta

La escritora de este blog suele recoger datos a lo largo de la ruta. También anécdotas sobre la historia y los paisajes por los que transita. Este es uno de ellos. 

¿Sabían ustedes que el famoso volcán Misti, aquel que resguarda la ciudad de Arequipa, no tenía un nombre propio en el pasado? En 1540, a la llegada de los españoles, el Misti, el famoso volcán arequipeño que resguarda el valle del Chili, era llamado el “volcán sin nombre”; así figura en los archivos de la ciudad y además en algunas crónicas de indias de tiempos de la colonia. Murúa le llama “un volcán” (524) cuando refiere a la explosión de El Misti a finales del siglo quince, historia que él recogió del tiempo de los Incas. Murúa no le da un nombre propio. Tampoco otros cronistas ni los archivos de la ciudad, los cuales revisé hace un par de años en busca de una lengua llamada Puquina.

“El volcán sin nombre” al parecer tuvo alguna vez un nombre propio que hoy se desconoce. Cuentan los mitos que un grupo étnico de la ciudad, llamados los yarabayas, ubicados en lo que es el centro de la ciudad, San Lázaro precisamente; tuvieron que huir de sus tierras por la explosión del volcán a finales del siglo quince. Ellos se refugiaron en el Cusco por algunos años y cuando retornaron a sus tierras, en castigo a ese volcán que los hizo huir y que por supuesto destruyó sus tierras, le quitaron su nombre propio, como si se tratase de una reprimenda, lo dejaron sin nombre, como si se tratase de un volcán apátrida.

En mis investigaciones por la ciudad encontré a algunos historiadores contando el mito o la hipótesis del nombre antiguo del volcán. Dicen que se llamó Machu Putina, que en las lenguas indígenas significaría probablemente “el volcán viejo” si nos basamos en “putina” como probable palabra Puquina. Si tomamos en cuenta aquella hipótesis existe una lógica, a cuarenta kilómetros aproximadamente de donde se ubica El Misti se encuentra otro volcán que se llama Huayna Putina, en Moquegua. La dualidad en la cosmovisión andina. El Misti se llamó probablemente Machu Putina.

Pero no lo re-bauticemos al Misti con hipótesis. Su actual nombre es El Misti, el nombre que todos conocemos y nombramos del volcán, quizás el más famoso del Perú.

Se desconoce el momento en que el Misti obtuvo el nombre Misti. Misti significa “criollo u hombre de raza blanca” en quechua. Quizás adoptó este nombre porque la ciudad de Arequipa fue y es una ciudad colonial llamada “la ciudad blanca” por su sillar blanco, pero también porque allí habitaron los primeros y más importantes colonistas españoles, incluido Fray Martín de Murúa, el fraile mercenario. Si revisamos los censos del siglo diecisiete y dieciocho, el 90% de la población era de “raza blanca”; el valle que en un principio era 100% indígena se hispanizó rápidamente durante la colonia.

Seguro los viajeros de antaño decían vamos a Arequipa, vamos a visitar a los mistis, aquel valle que tiene un volcán sin nombre, imponente y blanco como los mistis, aunque con el calentamiento global se está quedando “calato” como dicen los arequipeños, sin un solo copo de nieve sobre sus faldas. 

Fotografías del París Dakar en Bicicleta

Enero 4, 2010 por diarioenbicicleta

Varios lectores de este blog han pedido más fotografías del París-Dakar en bicicleta. He aquí algunos snap-shots de la ruta entre Marruecos, Mauritania y Senegal.

 MARRUECOS. Marruecos y el color de sus atuendos.

Foto 1. Niños posan para la foto en el medina de Féz. Esta ciudad ubicada en el centro de Marruecos tiene uno de los centros históricos antiguos más impresionantes de la ruta.

Foto 2. A la salida de Féz empezamos a trepar El Atlas, una cordillera de montañas que divide Marruecos en norte y sur. Esta cordillera puede llegar a los cuatro mil metros de altura. En esta fotografía atravieso una ‘meseta’ de no gran altura después de cruzar un bosque de dátiles.

Foto 3. A lo largo del camino saludamos a la gente lugareña, algunos yendo de compras con canasta de mercado y sobre una mula. Fotografía tomada entre el camino de Féz y Marrakech.

Foto 4. “Inshallah”, dice el buen hombre a caballo, que quiere decir “que Alá te acompañe”. Cuando se nos pincha una llanta nosotros mismos la reparamos. Aquí un participante parchando la cámara por tercera vez en ese mismo día, mientras que otros no repararon ninguna a lo largo de todo el París – Dakar. Algunos tuvieron poca suerte a lo largo del tour.

Foto 5. Nuestro participante danés mirando con orgullo la bandera oficial del París – Dakar en bicicleta.

Foto 6. Un Hammam de Féz, lugar donde se hacen baños y masajes en lodo. Lugar perfecto para relajarse después de un día sobre las dos ruedas.

Foto 7. Una de las etapas más duras, el Tizi en Test, montaña del Atlas que se cruza después de Marrakech. Más de dos mil trescientos metros de altura en ascenso.

Foto 8. En las alturas del Tizi en Test. Trepar y trepar durante horas.

MAURITANIA. Mauritania y sus paisajes desérticos

Foto 9. Camellos en el desierto del Sahara, el lugar más impresionante de la ruta. El rally a motores del Dakar se mudó a Sudamérica porque en Mauritania hay muchos problemas de violencia terrorista y secuestros en la actualidad. Nosotros no tuvimos ningún problema a lo largo de la ruta, felizmente.

Foto 10. Camiones africanos de tercera mano cargan bidones de agua para las poblaciones lejanas en el Sahara.

Foto 11. Cruzando las dunas del Sahara a cuarenta grados bajo el sol. Hay que cargar con mucha agua.

Foto 12. ¡Acacias en el Sahara y ciclistas locos!

Foto 13. Alguien nos saluda desde el tren más largo del mundo. Aquel día conté más de 189 vagones. Un tren de tres kilómetros de largo. Más información al respecto la pueden buscar en wikipedia.  

 

Foto 14. Me cruzo con un jabalí en el Parque nacional de Diawling, Mauritania. Aquel día me topé con varios de estos ejemplares, incluso con una familia y sus críos que corrieron como locos delante de mí.

SENEGAL. Las sabanas senegalesas

Foto 15. Los paisajes cambian cuando entramos a Senegal, dejamos atrás el desierto, pero no el calor. Truddie, una participante, se detiene a descansar.

Foto 16. Puerto de pesacdores de la ciudad de San Luis, Senegal, antigua ciudad colonial francesa. Balsas coloridas a orillas del río Senegal.

Foto 17. Los paisajes cambian de color, incluso la gente. Aquí se come fruta de toda variedad.

Foto 18. El camión de apoyo logístico del tour posa al lado de un baobab, árbol mítico que aparece en el relato de El Principito, de Saint Exupery.

Foto 19. Uno de los participantes ayuda a parcharle la llanta a la bicicleta de un poblador senegalés en la fronta de Diama.

Foto 20. Una cafetería senegalesa. Siempre hay tiempo para tomar un café o beber una gaseosa a lo largo de la ruta.

Foto 21. Una charla en grupo antes de la cena, un día cualquiera para los ciclistas del París – Dakar.

Foto 22. Cleteando en grupo antes de llegar a la meta Dakar, nuestros últimos kilómetros hacia Lac Rose, lugar donde también concluía el rally motorizado.

 

Foto 23. El grupo posa para la fotografía a la llegada en Lac Rose después de haber abierto y bebido muchas copas de champán, y de unas lágrimas de emoción, por supuesto.

Foto 24. ¡Los campeones! Los ganadores del tour. El suizo Eriz Voutaz (derecha), vestido con un atuendo sahariano, y la holandesa Toos van Bijsterveldt (izquierda), con un vestido senegalés. ¡Salud con todos!

Foto 25. ¡Y después la fiesta! Yo intentando seguir los ritmos senegaleses con mi “negroide” peruano. Debo decir que son ritmos muy parecidos pero bailes diferentes, aunque las mujeres allí se divertían con mi forma de bailar.

 

Muchas gracias por seguir mi viaje a través de estas fotografías. En el 2011, Bike Dreams (www.bike-dreams.com), empresa que organiza este tour, repetirá la ruta desde la Torre Eiffel, en París, hasta Dakar.

Kuélap, en la bruma de la historia

Diciembre 23, 2009 por diarioenbicicleta

Todavía recuerdo la última vez que fui a Kuélap, unos restos arqueológicos en la ceja de selva peruana pertenecientes a un grupo étnico, una cultura pre-inca llamada Chachapoyas.

Kuélap es una fortaleza clavada en la cima de una montaña (ver foto). Fue descubierta antes que Machu Picchu y es visitada diariamente por turistas nacionales y extranjeros. En 1843 fue la primera vez en ser visitada. Hoy leo con cierto estupor una noticia en Living Peru, promocionado por facebook, link al que me adjunté hace algunos meses. La noticia anuncia un documental realizado por la National Geographic acerca de Kuélap. Me parece una excelente iniciativa la de publicar un documental sobre el resto arqueológico chachapoyano, pero cuando me imagino lo que pudo haber involucrado la filmación de ése vídeo, me decepcionó.

Las imágenes de mi segundo y último paseo por Kuélap aparecen en mi mente y con tristeza. La segunda vez que viajé a Chachapoyas fue en el 2006. Llegué con la ilusión de volver a ver ese monumento histórico que tanto me cautivó la primera vez. Hay una verdad. Volver a los lugares que uno visitó alguna vez puede traer dos tipos de reacciones, o de felicidad o de decepción.

Esta vez fue la decepción

Cuando llegué a Kuélap vi lo mucho que había cambiado. Ya no era la fortaleza imponente de antes, con sus fuertes murallas venciendo el tiempo y esa cautivante soledad que inspiran los monumentos antiguos. Nada de eso. Un grupo de arqueólogos de una universidad trujillana estaban “refaccionando” el resto arqueológico. Y fue impresionante volver a verlo: Las piedras en los muros ya no estaban las-unas-pegadas-a-las-otras: los arqueólogos las habían desarmado como si se tratase de un rompecabezas (esa es labor arqueológica, sin criticar , claro), pero reconstruyeron los muros utilizando cemento, técnica que nunca utilizaron los antepasados chachapoyanos. ¡Cemento entre las piedras de los antiguos chachapoyanos! De modo que cuando reconstruyeron el templo las piedras ya no estaban unas-pegadas-a-las-otras.

Kuélap ya no parecía un resto arqueológico sobreviviendo el tiempo. Al contrario, el monumento arqueológico parecía una fortaleza militar de otra época, un armatoste que había perdido su autenticidad a coste de un proyecto arqueológico dirigido por personas con escaso criterio. Estoy segura que esa misma gente invitó a la National Geographic a filmar un documental.

Termino este artículo recordando una entrevista que le hice alguna vez a Federico Kauffmann Doig en abril del 2001, quien afirmó: “Cuando la National Geographic llegó a filmar un documental sobre las momias de Leymebamba, el INC (Instituto Nacional de Cultura) transportó las momias en unas carretillas agrícolas de un lugar a otro, sin importarles el daño” (sic). No voy a seguir describiendo la forma cómo se mantiene el Patrimonio en el Perú. Solo doy unos ejemplos de lo que he visto.

El Dakar en bicicleta

Octubre 12, 2009 por diarioenbicicleta

Esta es la historia del famoso París Dakar, no a motor sino en bicicleta

1. La cosa era muy simple. Para llegar a Dakar había que pedalear siete mil doscientos kilómetros en bicicleta en diez semanas. Trepar numerosas montañas entre Francia y España. Cruzar La Mancha y los pueblos de Andalucía. Coger un bote en el Estrecho de Gibraltar. Atravesar el desierto del Sahara. Todo esto en setenta días con sus setenta noches, durmiendo en una carpa, comiendo nuestra propia comida, pedaleando en dirección al sur, viendo cómo los paisajes y las realidades cambian entre Europa y África. Dos continentes separados por una pequeña porción de mar que a la vez son tan distantes en el tiempo.

 El París Dakar en bicicleta es dos veces más largo que el Tour de France. Es una competencia, pero tambien un reto para ciclistas no profesionales. En esta tercera edición del ‘rally’ participamos ciclistas de varias partes del mundo: Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia, Suiza, Australia, Nueva Zelanda, República Checa. Y como único país sudamericano, el Perú. Todos con el mismo propósito: llegar a Dakar, la capital de Senegal.

El viaje empezó en París bajo la Torre Eiffel un domingo seis de setiembre. Pedaleamos cien kilómetros por día en los paisajes franceses, por pueblos pequeños de nombre medieval. Después de descansar dos días en Le Puy y Carcassone, entramos a Andorra, un país diminuto en el mapa europeo, entre Francia y España. Hasta entonces, en nuestras dos primeras semanas de pedaleo, tuvimos mucha suerte con el tiempo, pero cuando empezamos a trepar los Pirineos hacia uno de sus puntos más altos, el Port D’Envalira a 2,408 m.s.n.m., las inclemencias del clima nos tomaron por sorpresa. Sol, lluvia, nieve, cuatro estaciones en un solo día en la punta de la montaña. El descenso fue el momento más difícil, terminamos congelados de las manos a los pies. Aquella noche hizo cero grados y la lluvia no cesó hasta el amanecer.

Los días en España, por las regiones de Cataluña, Aragón y La Mancha fueron los más bellos del tour. Los paisajes españoles tienen una variedad única. Atravesamos Parques Ncionales, bosques de pinos y también de piedras, cruzamos las pampas y pasamos por pueblitos con nombres de apellidos, Albarracín, Alarcón. Pueblos que en la antiguedad fueron castillos montados sobre la montaña.

Las etapas europeas de El Dakar en bicicleta terminaron en Algeciras, junto al Estrecho de Gibraltar. Antes de subirnos al ferry que nos conduciría al África, celebramos nuestra hazaña. Éramos concientes de que el Dakar en bicicleta era mucho más largo que el famoso Dakar a motores. Nosotros sí habíamos recorrido todos los kilómetros desde París, cosa que el rally automovilístico no hace. Aproximadamente unos tres mil kilómetros desde París hasta Gibraltar. El África nos esperaba con todo su misterio. Países como Marruecos, el Sahara Occidental, Mauritania y Senegal todavía estaban por ser descubiertos. Cuatro mil kilómetros más sobre la arena. Para muchos de nosotros sería la primera vez en el continente africano.

2. Marruecos, un país árabe que contrario a cómo yo lo imaginaba tiene montañas de más de cuatro mil metros de altura. Sus paisajes son secos y variados. Sus costas están adornadas con palmeras, y la ruta al interior del país, en asfalto, lleva hacia campos sembrados de tunales, eucaliptos, pinos y acacias. Nosotros nos dirigimos a Fés y Marrakech por una carretera que cruza El Atlas, una cadena de montañas que divide al país en norte y sur, y que nos conduce al Sahara.

¿Qué puedo decir de Marruecos?

Al principio fue un choque cultural. Sus costumbres son diferentes a las nuestras. Las cafeterías en las ciudades estaban pobladas de hombres –ninguna mujer- tomando el té de la tarde, sentados en las terrazas mirando a la gente pasar, como si se tratara de un evento social. Las mujeres, pocas, paseaban por otro lado con sus niños, vestidas de la cabeza a los pies con sus burkas, apenas dejando percibir sus rostros. Y las mezquitas, siempre imponentes en las ciudades, comoen nuestros paíseslas iglesias, transmitían sus rezos hacia la meca cinco veces al día, por un parlante de radio que se escuchaba en todas las comunidades como alarma de bomberos.

Marruecos un país que nos sorprendió por el cariño de su gente y que nos sirvió para fortalecernos como ciclistas. Las rutas trepaban por El Atlas y de vez en cuando se acercaban a ciertas partes del desierto, preparándonos para lo más difícil, El Sahara. Una región que tardaríamos varias semanas en recorrer y que serviría de antesala para El Sahara Occidental y un país más lejano en el continente africano, la República Islamítica de Mauritania.

3.  Cruzar el Sahara en bicicleta es uno de los retos más duros del París Dakar. Las imágenes de los primeros rallíes automovilísticos lo muestran muy bien, coches en la arena intentando vencer el desierto. Para nosotros, los ciclistas, cruzar El Sahara fue mucho más que vencer el desierto. Las dificultades aparecieron cuando nos dimos cuenta que la carretera era una línea recta hacia el horizonte y no quedaba más que pedalear mirando el mismo paisaje bajo un sol que algunas veces alcanzó los cincuenta grados de calor.

Nuestro primer encuentro con el Sahara fue en aquella región conocida como El Sahara Occidental. No es un país, es una región que alguna vez se llamó La Sahara Española. En esta parte de la ruta pedaleamos cientocuarenta kilómetros por día a lo largo de un acantilado al lado del Océano Atlántico, que me hacía recordar a las costas del sur del Perú. Nuestro objetivo –que logramos conquistar- fue llegar en siete días a Dakhla, una península al sur de la región, y en diez días ingresar a las tierras de Mauritania, donde nos esperaban varias noches de campamento.

Días antes de llegar a la frontera con Mautirania nos topamos con carteles que decían “!Territorio minado!”. Y con esqueletos de automóviles que en primera instancia habían explotado por las minas, y en segunda habían sido desmantelados por los pobladores del lugar para construir sus casas. Ingresar a Mauritania fue entrar a un territorio que parecía estar en estado de guerra, pues el gobierno no vela por la seguridad de su país y permite a grupos subersivos –entre ellos Al Qaeda- ingresar a sus fronteras.

Para muchos de los ciclistas, Mauritania fue uno de los lugares más impactantes en la ruta. En los cinco días que dormimos en su territorio vimos el tren más largo del mundo, de tres kilómetros de largo con sus 189 vagones pasar al lado de nuestro campamento. Dormimos en medio de una tormenta de arena sobre unas dunas de cinco metros altura. Observamos las más espectaculares salidas del sol (y además puestas de sol, incluyendo la luna), y pedaleamos con camellos a lo largo del camino. Esta empezaba a ser el África que nos imaginábamos, un África mezcla de colores y de culturas, entre lo arcaico y lo moderno, en donde se escuchaba música árabe y negra, la antesala de lo que nos esperaba: Senegal.

Los últimos días en Mauritania fueron un cambio drástico en la temperatura y el paisaje. Bosques de algarrobos y acacias, pueblitos a lo largo del camino, incluido un parque nacional. Nuestra última noche , antes de cruzar la frontera a Senegal, dormimos en medio de unos pantanos, entre aves y mosquitos. Al día siguiente mientras pedaleábamos sobre una trocha a lo largo de un dique, un grupo de jabalíes salvajes apareció delante de nosotros en busca de un refugio, y al pasar al lado de una laguna, un grupo de aproximadamente doscientos flamingos rosados alzaron vuelo.

4. La frontera de Mauritania y Senegal está dividida por un río llamado como el país, Senegal. Después de varias horas en la frontera esperando a que las autoridades de ambos países transcribieran nuestros nombres en un cuaderno, pues tienen dificultad para hacerlo porque su alfabeto no es el mismo que el nuestro, llegamos a la ciudad de Saint Louis.

Esta ciudad que antiguamente fue el centro colonial francés en la región parece detenida en el tiempo. Un puente de hierro diseñado por Eiffel conduce a una isla que es el centro de la ciudad. Numerosos edificios antiguos ahora son parte del gobierno, en medio de calles descuidadas pobladas de gente, automóviles y vacas y cabras, que se pasean en la ciudad como en el campo, pesadores en sus carretillas transportando pescado, y un mercado metros más allá  Una mezcla de realidades y de gente, como si retrocediéramos en el tiempo.

En Senegal empieza el África negra, es un país que sufrió los tiempos de la esclavitud, Muchos de sus ascendientes migraron a América del norte y del sur, incluido el Perú, a realizar trabajos forzados. Aqui se escucha la musica negra por todas partes.

Lo que  más me sorprende al pedalear por las carreteras de Senegal es la cantidad de niños que hay en los pueblos. Todos ellos aparecen de todas partes corriendo y gritando al vernos pasar: “Un cadeaux, un cadeaux”, en francés, nos piden, con la ilusión de un regalo para ellos. Un niño corre detrás de mí con la foto de Obama, el presidente de Estados Unidos, en un t-shirt, como si fuera el héroe de los senegaleses. 

Los pocos días que nos quedan en Senegal tenemos un doble sentimiento. Por un lado queremos llegar a Dakar, porque estamos cansados, claro está, y por el otro sabemos que la aventura va a terminar y que el grupo se separará de un momento a otro. Setenta días con sus setenta noches es suficiente para convertirse en casi una familia, con miles de historias acumuladas durantes siete mil doscientos kilómetros.

Un sábado catorce de noviembre llegamos a Dakar entre risas y llanto. De los treinta ciclistas sobrevivieron veinticuatro, y todos en buen estado físico y de salud. Hubo un lugar en el podio para los más rápidos del tour, dos suizos, Eric y David, y un belga, Dirk, que defendieron su puesto hasta el final. Pero los grandes ganadores fuimos todos nosotros, el grupo, que conseguimos conquitar las carreteras europeas y africanas en diez semanas, y que a pesar de la dificultad allí estuvimos pedaleando día a día sobre el asfalto hacia la punta más occidental del África, la mítica ciudad Dakar.

Este viaje fue organizado por la empresa Bike Dreams. Para más información o interés consulte la página web www.bike-dreams.com 

La primera mujer en dar la vuelta al mundo en bicicleta

Julio 9, 2009 por diarioenbicicleta

Ahora en las fechas del Tour de France tengo una historia de bicicleta para compartir. Esta es la historia de la primera mujer que recorrió el mundo sobre dos ruedas a cambio de diez mil dólares; una americana que en 1894 agarró su bicicleta de acero de 19 kilos, porque claro en esos tiempos las bicicletas pesaban el doble de hoy, y se enrumbó a dar la vuelta al mundo. Ella era Annie Cohen (Annie Londonderry), una mujer con tres hijos, que lo dejó todo por la bicicleta.

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 ¿Qué llevó a Annie a darle la vuelta al mundo en unos tiempos en los que las mujeres no tenían derechos y se dedicaban sólo a la familia? La respuesta es simple: una apuesta. Dos socios de un club bostoniano le propusieron a Annie recorrer el mundo en bicicleta en 15 meses a cambio de diez mil dólares. El monto no era nada malo considerando que en esos tiempos un salario anual era de mil dólares. Diez mil le alcanzaría para muchos más. En esos tiempos y con la necesidad de Annie por mantener a su familia, tenía tres hijos por alimentar, Annie decidió bicicletear alrededor del mundo.

 Annie debía empezar su recorrido sin un centavo en el bolsillo. Los socios del club bostoniano rieron cuando Annie aceptó la apuesta. Ellos no esperaban mucho de una inmigrante judía lituaniana de 1.60 metros de longitud, que encima era bella y carismática.

Pero Annie no era ninguna tonta. Andar en bicicleta sin un centavo en el bolsillo era insensato, por supuesto, sobre todo en países lejanos; ella buscó la manera de agenciarse con dinero antes de dejar los Estados Unidos. Por fin vino una oferta del New Hampshire Londonderry Spring Water Company. Esta compañía le ofreció 100 dólares si prometía hacerles publicidad en su bicicleta, con la condición admás de cambiarse el apellido de Cohen a Londonderry. Annie aceptó encantada colocando un aviso de la empresa en la parte trasera de la bici, un letrero que decía: Londonderry, y su apellido, claro está.

 Annie partió en noviembre de 1894 desde Nueva York hacia Le Havre, y después anduvo en bicicleta hacia Marsella donde la recibió el periódico local con la frase “la valiente viajera”. En enero de 1895 tomó un barco, “Sidney”, en Marsella que la llevó hacia Egipto en África, y después por el Canal del Suez hacia el Medio oriente, para seguir hacia Colombo (Sri Lanka), Singapur, Saigón, Hong Kong y Shangai. En cada país montó la bicicleta, pero también –y hay que ser sinceros- se ayudó de otros medios de transporte. Ella sabía que tenía 15 meses para recorrer el mundo; debía, evidentemente, ir a los países y ciudades que los socios de Boston le habían señalado. La condición era ganar la apuesta sin importar mucho los medios.

Mientras más largo se hacía el viaje, más eran las historias de Annie. Su bicicleta pasó de ser una armadura de hierro a un vehículo de propaganda en el mundo. Fotógrafos y periodistas añadían ficciones a sus historias, como por ejemplo, sus tiempos de encarcelada en China, cosa nada cierta, y sus amores con un japonés.

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Los dos últimos meses de su viaje Annie llegó en barco al Lejano Oeste vía Arizona, Nuevo México y Texas. Su punto final era Chicago donde le esperaban los diez mil dólares de la apuesta. Y así fue, ella recibió el dinero de manos de los socios de club neoyorquino; gozó algunos años más de su fama (llegó a ser periodista) por ser la primera mujer en recorrer el mundo. Cuando Annie Londonderry murió en 1947, mucha gente ya había olvidado su nombre. Su historia quedó en el archivo pero no en el olvido, porque después de ella hubo muchas mujeres que también han recorrido el globo en bicicleta.

Idiomas del mundo. Nuestro patrimonio

Marzo 31, 2009 por diarioenbicicleta

Diarios de bicicleta no es solo un diario de viajes sobre la bicicleta, sino también comentarios a los lugares y temas que voy viendo a lo largo de mis recorridos por el mundo de la cultura, la ecología y otros parajes. Uno de los últimos temas que llamaron mi atención es la desaparición de las lenguas o idiomas en el mundo. La Unesco publicó un mensaje a principios del mes de marzo en el que anunciaba la desaparición de 2400 idiomas en el mundo, 62 de los cuales están en el Perú.

 

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La noticia llegó a mi pantalla cuando abrí la computadora y vi las noticias sobre el Perú: “62 lenguas en el Perú en peligro de extinción”, decía el titular, y los comentarios se centraban sobre todo en las dos lenguas nativas más habladas de nuestro país: el quechua y el aymara. Días después le comenté el tema a un profesor en lenguas amerindias. Y cuando le pregunté ¿cuántas lenguas se hablan en el Perú? No pude evitar sentir estupor, desgaste, desánimo, impresión, porque la respuesta del profesor fue “63 lenguas”. En el Perú se hablan 63 lenguas de las cuales 62 están a punto de extinguirse.

 

Hace un año tuve la oportunidad de recorrer algunos pueblos de la región de Moquegua al sur del país. Moquegua es una región de la que se escucha poco. Es una región con valles y mesetas andinas, un lugar propicio sin duda para la exploración. Mi sorpresa fue que allí se hablan el quechua y aymara, y el aymara que se habla allí tiene un acento distinto al de Desaguadero en Puno.

 

Fui con un estudiante de la Universidad de Amsterdam a hacer un estudio de campo a un lugar llamado Muylaque, a ocho horas en bus desde la ciudad, por un camino que atraviesa las mesetas andinas. Nuestra misión era “¡hablar aymara!” (yo solo sabía decir dos o tres frases, mientras que el estudiante de Amsterdam hablaba más aymara que español).

 

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Lo que más llamó mi atención fue que al llegar al pueblo todos saludaban o en español o en un mal inglés. Nosotros habíamos practicado días antes el saludo aymara para introducirnos de alguna u otra forma en el pueblo. La gente nos decía “hello” y nosotros respondíamos “maraptis”. Nosotros decíamos “simpikay” y ellos se quedaban callados. Tardamos dos o tres días en ganarnos su confianza…poco a poco los pobladores, sobre todo las señoras, empezaron a sonreír, incluso a reír con nuestro saludo. Era lógico: ellos jamás imaginarían que unos ‘gringos’ iban a hablar su idioma nativo y menos aún que querían aprenderlo. Mientras ellos querían aprender inglés, nosotros el aymara –vaya ironía.

 

En Muylaque la señora de mayor edad tenía 101 años. Ella solo hablaba el aymara y apenas podía escuchar: la única monolingue del pueblo, es decir, no habla castellano. Un día la vimos llegar con unos zapatitos rotos caminando a la plaza, que por supuesto era el centro social del pueblo. Nosotros queríamos evidentemente hablar con ella, pero apenas pudimos, debido a su sordera, pero la cantidad de señoras y señores que empezaron a rodearnos aquel día fue impresionante. De pronto, todos querían enseñarnos su idioma. De pronto todos querían saber por qué nosotros queríamos aprender aymara.

 

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Uno de los asuntos que más nos sorprendieron a Matt y a mí fue que todos en el pueblo estaban emocionados por nuestro interés en aprender su idioma. Nos invitaban a sus casas, mataban cuyes para nosotros, nos servían cervezas y mates del campo. La gente mayor del pueblo nos atendía sin recelo, nos ofrecían entrevistas para enseñarnos su idioma e invitaban los frutos de sus chacras. Pero la mayoría de ellos no podía evitar preguntarnos: ¿Cómo se dice “Hola” en inglés? Nosotros deciamos “Hello”, entonces allí venía el intercambio, de una lengua a otra sin ningún recelo.

 

No era un problema para ellos comunicarse en su idioma, más bien divertido vernos a nosotros intentar pronunciar las palabras más difíciles y largas. El aymara es una lengua que puede contener en sus palabras cinco consonantes seguidas. ¿Difícil, no? Una complicación pronunciarlas.

 

Lamentablemente, la gente joven del pueblo no deseaba decir palabras en aymara ni ayudarnos ni colaborar con nuestra investigación. Se avergonzaban de su origen étnico y lingüístico, nos preguntaban qué interés tienen ustedes en aprender aymará. Algunas señoras nos decían: “Ellos sí saben hablar aymara pero les da vergüenza, para ellos hablar el idioma nativo es cosa primitiva y antigua. Quieren aprender el inglés”.

 

En el colegio no les enseñan ni el profesor sabe hablar la lengua nativa, tampoco los médicos de la posta que necesitan un traductor cuando atienden a monolingues que no saben hablar el castellano. ¿Qué sucede aquí entonces?

 

Es natural que en estos tiempos la gente quiera aprender las lenguas que se hablan a nivel mundial, todos queremos globalizarnos y formar parte del sistema, sin embargo la pregunta que se plantea uno siempre es ¿significa eso dejar “lo propio”?

 

Así como los restos arqueológicos son patrimonio cultural de la nación, pienso que es hora de considerar también las lenguas autóctonas como parte de ese patrimonio. Hay peligro de extinción. Ojalá la noticia de la Unesco haga recapacitar al ciudadano de a pie y tomemos medidas que fortalezcan nuestra cultura nacional y además la reconcilie, porque he de confesarles una cosa: el día que empecé a hablar más palabras en aymara (o quechua o kulle o pukina) descubrí que hay otro mundo detrás nuestro que nosotros desconocemos, y que lleva a comprender mejor la historia y la ideosincrasia de nuestro país…no somos una sola identidad, sino muchas, y sin querer nos estamos forzando a ser una sola.

La feria de las bicicletas en Amsterdam

Marzo 4, 2009 por diarioenbicicleta

Con esta entrega damos inicio a Diarios de bicicleta. Pero, ¿de qué trata? Es un blog dedicado a las historias de viaje sobre dos ruedas, como ir con cámara en mano por las trochas y las carreteras del mundo hacia lo confines más remotos. Un blog que escribe sobre aquella pasión que a nosotros nos desborda. Tomar el bus, el avión, el auto, andar a pie o en bicicleta, es cuestión de personalidad. Un espacio dedicado a las historias de viajeros del pasado, del presente y el futuro que con o sin bicicleta se atreven a descubrir nuevos continentes. La bicicleta, en este caso, es solo un vehículo, lo importante es andar, pero para nosotros nada mejor que en ella.

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Hace poco tuve la oportunidad de asistir a una feria del turismo en bicicleta en Amsterdam, en la que participaron más de 400 empresas de todos los Países Bajos. En la feria se podían ver desde tiendas para artículos en bicicleta y compañías que organizan viajes por Europa, África, América, Asia y Australia. Muchos de estos participantes venden sus ideas por amor a la bicicleta. Este es su tiempo, este su hobbie.

Mucha gente llegó a la sala de convenciones de la RAI en Amsterdam en busca quizás de las vacaciones de sus vidas. ¿Cuántos de ellos van con el interés de realmente encontrar una oferta interesante? ¿Cuántos solo con la intención de ver las últimas novedades en artículos especializados, es decir, para bicicletas? ¿Cuántos solo por curiosidad? Los stands varían desde las empresas que ofrecen paseos por los canales de Amsterdam hasta rutas por la Muralla China.

Uno de los stands que más llamó mi atención fue Whike (www.whike.com). Una organización que creó una bicicleta que también es una mezcla entre velero y bicicleta. No funciona solo a pedal sino también con viento. Tiene tres ruedas y una tela alta que captura el aire y ayuda a capturar velocidad. Por eso se llama whike (wind+bike) porque tiene un potencial natural. El creador de Whike dice que quiere llevarla a las Olimpiadas y además de paseo de París a Dakar (Africa) por la ruta del famoso rally automovilístico, allí en medio del desierto. Dice que su creación fue producto de su imaginación, pues es el dueño de una tienda de veleros y bicicletas. Un día se le ocurrió unir los dos elementos: los pedales y la vela y hacer whike que ahora es una realidad.

Otro de los stands más alucinantes fue el de “En 7 días 700 kilómetros por 4 países”, los Duchenne Heroes (www.duchenneheroes.nl) , un grupo de ciclistas que organiza un viaje desde Luxemburgo hasta Holanda, pasando por Bélgica y Alemania. Ellos dicen haber organizado un reto. Cada año consiguen ganar en dinero más de un millón de euros (!). Su intención es reunir fondos para niños y adultos discapacitados. Su stand tiene el olor a tierra que se disfruta en el ciclismo de montaña (que aquí no se practica mucho).

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El stand que más impresionó fue Bike Dreams (www.bike-dreams.com). Sus maratónicos viajes de 11 mil kilómetros por Sudamérica o 7.200 de París a Dakar produjeron más de una reacción, como el típico “¡Están ustedes locos!”. Más de un hombre decía: “yo ahorita me iría con ustedes pero mi mujer no me deja”. Los creadores de Bike Dreams promocionaron sus larguísimos viajes con libros fotográficos y videos -y unos riquísimos dadels. Lo que ellos hacen no solo es un reto sino también un sueño.

Al lado de los stands había unas mesas donde gente de todas las edades orientaban a cualquier persona sobre las rutas que habían recorrido en bicicleta. Así había gente que narraba sus viajes por España, Francia, Tailandia, Estados Unidos, Argentina… Entonces yo me pregunté ¿y el Perú, dónde está? ¿Había alguien realmente explicando las rutas del Perú? Lamentablemente se tenía que pagar con anticipación para estar allí y yo no tenía ni un solo mapa. No había nadie explicando ninguna ruta peruana, ni en la sección de caminatas (pues también había una sección para los trekkers). A ver si al próximo año alguien se anima a promocionar nuestro país de alguna u otra forma y animamos a la gente a recorrer nuestra tierra de aventura, ¿no les parece?