Tomé un avión desde Amsterdam hacia Barcelona, y después de una inolvidable tarde y noche con los amigos, llegué a lleida (también conocida como Lérida) a encontrarme con el grupo de ciclistas al París-Dakar. Yo no empecé esta ruta desde París. Yo estaba en el Perú en un congreso de arqueología y linguística organizado por la universidad Católica de Lima y la Universidad de Cambridge. Me uní a la carrera dos semanas después de haber empezado. Es decir, un 21 de setiembre. El grupo estaba tomando un refrigerio en una Plaza en Lleida. Yo llamé por teléfono al médico del grupo, el enfermero Didier Fobé, quien me dio la dirección del lugar donde los ciclistas se encontraban. Allí vi al grupo de 25 ciclistas y a mis viejos amigos Ewald, Rob y Bonné.

Para mí fue un verdadero reto empezar a montar la bicicleta aquel primer día. Ellos tenían la ventaja de haberse iniciado en París, mientras todavía andaba con los músculos fríos. Primera noche La primera noche pernocté en Riba Roja del Ebro, a orillas del río Ebro, en la región de Cataluña. El camping no tenía nada de especial, sólo un bar y duchas y baños, el resto era pura tierra blanca con desperdicios. Qué delicioso es hablar tu propio idioma, aunque no estés en tu país. Escuchar a la gente hablar tu lengua y entenderla. Aquella primera noche conocí un poco más a los ciclistas, aunque debo confesar que todavía me cuesta aprenderme sus nombres y ubicar las caras. A la primera que reconocí fue a Hannelore Grill, la sueca, de quien ya escribí en el blog, una señora de 59 años que lleva montando desde los primeros días de agosto desde Estocolmo hasta Dakar. Contraria a la imagen que uno pueda tener basada en fotografías, ella tiene los cabellos crespos y negros, con rulos, muchos rulos. Ella fue una de las primeras en saludarme.
-Soy Hannelore.
¿La famosa?, pienso, ¿la que salió en los periódicos suecos?
Sí, la que está andando en bicicleta por más de seis semanas.
Después de esa noche en el camping en Riba Roja del Ebro, resuelvo subir a la bicicleta. Mientras trepo la montaña me cruzo con Hannelore. Ella toda pequeñita en su Mérida roja de carrera, me dice que los dueños de esa marca de bicicletas se la regalaron para que haga propaganda. “La condición es que cuando llegue a Dakar regale la bicicleta a la comunidad de mi hija adoptiva”.
Ella, me explica, tiene cuatro hijos. “Una de mis hijas es periodista. Ella se encargó de ayudarme a cumplir este sueño. Ella tiene una novia uruguaya que me tomó algunas fotografías para este viaje”. Me quedo pensando.
Ese primer día anduve varios kilómetros. Claro que mi ritmo no está al mismo que el resto del grupo. Esa noche dormimos en Mas de las Matas, en un camping de unos españoles que dicen que el norte de España es Europa.
“Sí, pues, cuando los europeos vienen nos dan mucho trabajo”.

Aquella noche llovió. Segundo día Andar en bicicleta es todo un arte y el segundo día me tocó una de las etapas más difíciles. Todos me dicen: “Has elegido los mejores días para empezar a andar en la bicicleta”. Yo prefiero no decir nada. Ese día me toca atravesar cuatro pasos de montaña. Eso quiere decir: subir y bajar cuatro picos. Empecé muy bien. Terminé también bien, con todos los músculos en mi sitio. Didier nos preparó un refrigerio en un poblado muy hermoso, sobre la cresta de un cerro. Felizmente no llovió en serio y conseguí subir todas las montañas. Las rodillas siempre son una parte delicada. Mis rodillas están bien, aunque podrían joderse. Tercer día A pesar de ser tan corta la etapa, ochenta kilómetros (80km), me agoto del hambre. Wilbert siempre dice que lo peor que le puede pasar a un ciclista es morirse del hambre, pues eso significa que todas tus energías se agotaron.
En ese trajín, subiendo y bajando montañas nos acercamos a las serranías de Albarracín. Qué hermoso poblado. Su serranía sembrada de pinos y abetos, y rocas rojas y enormes como animales prehistóricos. Albarracín fue antiguamente un Castillo rodeado de murallas, con callejas que trepan y bajan entre los edificios medievales. Día de descanso Cuenca a 107 kilómetros. La primera parte atraviesa cañones y trepa montañas. La mañana es fría. A treinta kilómetros antes de Cuenca hay un pueblo llamado Uña. ¿Alguna relación con Oña y Cuenca en el Ecuador? Quizás una copia callada de España a América, una forma de conquista. Curioso. En Cuenca nos quedamos dos noches. Todos descansando de los kilómetros recorridos. Unos primeros días llenos de anécdotas y experiencias.
Mi ranking: Riba Roja – Mas de las Matas 70 km Mar de las Matas – Allepuz 105 km Allepuz – Albarracín 88 km Albarracín – Cuenca 70 km Cuenca – Alarcón 94 km Alarcón – Mesones 84 km Mesones – Alcurza 138 km Alcurza – Granada 85 km Granada – Antequerra 80 km Antequerra – Ronda 98 km Ronda – Algeciras 40 km Total : 952 km Domingo 4 de octubre de 2009 Estamos a punto de cruzar el Estecho de Gibraltar, desde Algeciras. A punto de empezar una aventura en un continente nuevo, en una tierra prometida: A-F-R-I-C-A
Hoy en la bicicleta me preguntaba ¿qué se espera al cruzar a una nueva tierra? No tengo ni idea. Mi imaginación no puede volar tanto. Tengo en la cabeza fotografías, prejuicios y quizás un poco de historia, pero no más, esta historia debo vivirla. Mañana es el día, lo sé. Mañana entro a territorio nuevo. Primero a Marruecos, luego el Sahara occidental, Mauritania y Senegal. ¿Montañas, desiertos? Estos dos últimos días, desde Granada, el calor sobrepasó los treinta grados. En bicicleta es todo un ritual. Mi piel se calcina al trepar las montañas. Espero seguir en contacto, amigos blogueros !!!!
La próxima parte será desde Marruecos, África!
Viernes 9 de octubre de 2009
Entrar al África es ingresar a un mundo totalmente desconocido. La frontera entre Ceuta y Marruecos es un mercado de dirhams (moneda nacional marroqui), mujeres cargando víveres y gente intentando dirigirte para que cruces la frontera. Aqui el idioma cambia, la cultura tambi´rn, todo o es árabe o es francés, y las mujeres usan la burka, con faldones largos, y los hombres en su mayoría el bigote. Mis primeras impresiones. Las sensaciones son extrañas, por no decir raras.
Andamos en bicicleta por una gran avenida a lo largo de la costa. Me recuerda sin querer al norte del Perú: a Piura y sus algarrobos, a Chiclayo y su sequedad. Las casas, los edificios bien construidos, de colores vivos, algunos blancos con techos azules, a lo largo de un malecón que mira al Mediterráneo. Camellos a medio camino y sus dueños cobrando por una foto. Carrizales, gaviotas, autos que no respetan las señales de tráfico. Mis compañeros ciclistas asustados. Contrario a lo que muchos puedan imaginar, Marruecos no es un desierto. Yo anticipe antes de cruzar hacia este continente a Marruecos como un país sumido en la aridez, demasiado caluroso. Lo del calor es verdad, hace algunos días alcanzamos fácilmente los 40 grados mientras andábamos en la bicicleta; pero la aridez no es tal como la imagine. Mientras nos alejamos de la costa en dirección a la ciudad de Fez entramos a bosques de pinos, eucaliptos, pastos silvestres. Hay mucha gente a lo largo del camino, niños vendiendo fruta, hombres sentados al lado de las señales de tráfico en espera del autobús (sin parada), mujeres cargando a sus niños, hombres pastando a sus ovejas. Trepamos alguna montana, los niños salen de la escuela y juegan a perseguirnos o a tirarnos piedras pequeñas. Nosotros continuamos en la bicicleta.

Una de las cosas que más llaman mi atención es la cantidad de hombres en las calles, en los cafés, en los restaurantes. Es sin duda una cultura patriarcal donde extrañamente se ven mujeres en las calles, sobre todo en horas de la noche. A ellas se les ve cerca de sus casas, con sus familias. A ellos en el campo pastando las ovejas o tomando el sol panza arriba. A medio camino hacia Fez nos detenemos varias veces en la bicicleta a tomar un café o una coca-cola. Entramos a la tienda o restaurante de turno y hombres y niños están jugando o al futbol de mesa o a las cartas. Aquí no venden alcohol, los mayores fuman hashish. Aquí sirven buen café, negro o con leche. Y una gaseosa llamada Hawai. Estos primeros días en Marruecos es un encuentro con cierta parte de mi. No dicen acaso que los viajes son un encuentro con uno mismo? Seguro los ciclistas viven esa parte con cierta nostalgia o melancolía, pues este es un mundo desconocido para la mayoría de ellos. Yo no sé si decir lo mismo, pues hay algo que me es familiar en Marruecos.
No sé si es la naturaleza que me rodea, los recuerdos que me inspiran o el caos vehicular. Debo confesar: es el caos vehicular que para mí es un juego sobre la bicicleta. Me divierte que me toquen el claxon, que los autos pareciera que me fueran a atropellar (cuando no), que se pasen la luz roja sin mirar. Me motiva a la gente cruzándose en las calles, corriendo de un lado a otro con bultos y cestos de fruta, y las mujeres diciéndote bonjour madame o mirándote serias, reserias. Y los hombres lanzándote chiflidos porque nunca han visto a una mujer con pantalonetas en bicicleta. Una aventura que empieza en el África y todavía va a durar un mes más. Para que volver si todavía tenemos unos cuatro mil kilómetros hacia Dakar.






